A un Amigo Ciego
Compañero: Desde que
perdí la vista, y de esto hace tantos años, he deseado intercambiar confidencias
con alguien sobre nosotros mismos, los ciegos, pues, a pesar de serlo, hay en
mí algunos vacíos sobre algunos cómos y porqués de los que no ven. Muchas cosas
se dicen, algunas sorprendentes, otras alarmantes, y muchas, interrogantes. Tú
eres ciego pero naciste sin vista o la perdiste a una edad en que la memoria no
conserva impresiones visuales por mucho tiempo, o no fueron totalmente
elaboradas o el no haberlas experimentado después las fue desalojando más allá
del límite consciente. En cambio, yo la
perdí joven, y por ello me he permitido dirigirme a ti para que entre ambos
analicemos algunas interrogantes, afiancemos ciertas verdades y destruyamos, en
lo posible, muchas estulticias que ruedan por allí. ¿Crees tú, como muchos, que
existe una psicología especial del ciego; que, anímicamente formamos un mundo aparte, desconocido,
insondable; o, son simples características de la ceguera, del estado de ciego,
que no alcanzarían a conformar una psicología especial? ¿Hasta qué punto la
Psicología Diferenciada puede dar origen al agrupamiento de características sui
generis que concurran a una psicología especial? ¿No serán simples reacciones
de los que no ven ante ciertas actitudes de algunos videntes, las que nos
enmarcan en un comportamiento diferencial, siendo sólo una defensa del Yo en
momentos espirituales poco propicios para el dominio total de algunos impulsos?
¿O serán las normales adaptaciones a la oscuridad las que nos hacen aparecer como diferentes? ¿O será
el trastrueque de los valores estéticos de luz por tacto, oído, etc, lo que nos
hace aparecer insensibles o eufóricos ante lo que para el que ve es motivo de
otras reflexiones? Dicen que tú por no haber visto jamás la luz o no recordar
la policromía del espectro con toda la gama de espejismos, perspectivas,
gradaciones, etc, te formas una idea diferente de los objetos, aun de los que
siempre han estado al alcance de tu mano.
Cuentan que hace años
atrás, una niña ciega de nacimiento, fue operada y obtuvo la visión cuando
tenía 20 años de edad. Nada reconoció de lo que antes le era familiar; tenía
que tocar los objetos para poder reconocerlos, pues la imagen que ella se había
forjado de las formas, no coincidía con la perspectiva de aquéllos a la
distancia. El sol, que penetraba por la ventana de su cuarto dibujando en el piso el cuadrilátero de luz, era para ella un
obstáculo que debía salvar, y que todo esto la obligó a someterse a un proceso
de aprendizaje elemental y analítico, pero de pronta captación. Todo le era
desconocido. Si antes se desplazaba con suma facilidad, ahora no osaba dar un
paso por temor a todo lo que la vista le entregaba. Si esto fuese así, tendrían
razón los que hablan de un mundo propio de imágenes interiores ajenas a la
realidad, sin color, sin contorno, sin perspectiva, sin espacio. No existiría
el allí, el allá; todo sería aquí, acá.
Sería el mismo caso
del que ve y especula con abstracciones
y con fenómenos inmateriales. Para ellos, la luz, la energía, pueden ser
materiales; el espacio-tiempo, el alma, pueden ser realidades tangibles y no
sólo efectos, respuestas, resultantes; pero, ¿tienen imagen de ellas? Y lo
mismo pasaría con los fenómenos percibidos por los otros sentidos y por el
cerebro como gran crisol del pensamiento.
Así como el que ve no
se desespera por tales desconocimientos, así tampoco tú te afliges por lo que
no viste nunca, ni yo por lo que ya conocí, base comparativa para nuevos
conocimientos. Es, simplemente, una acomodación a nuevas circunstancias. Es un
nacer o renacer a otros planos, restringidos de luz y contorno, con fe dogmática de ellos. Existiendo
esta constante y personal especulación imaginativa, no habría trastorno
emocional por lo que no se ve. Cuántos hechos están sucediendo en estos mismos
momentos más allá de nuestro campo sensorial: nacimientos, éxitos, fracasos,
muertes y ni a ti ni a mí, ni al lector inmutan. ¿Es que vivimos solamente una
vida sensorial metidos en nuestro propio yo? No, por cierto. Lo psíquico, lo
mental, están siempre jugando un importantísimo rol que parte de nuestro mundo
interior con la inteligencia (intus-legere: leer hacia adentro), leyendo,
mirando, analizando nuestro pequeño mundo para ir después, en círculos
concéntricos ampliándonos a otros mundos mayores: mi mujer, mis hijos, mi
familia, mis amigos, mis compañeros, el barrio, la ciudad, la región, el
Estado, el continente, el globo, el universo.
De todo este panorama
nosotros perdemos el contorno pero nos quedamos con el pensamiento reflexivo
que, junto a los sentidos restantes conforma una imagen buena o mala,
aproximada o lejana, no importa; lo esencial es que ella es propia, personal
pero conceptual, que en último término es lo único imprescindible en las
relaciones humanas. Y aun en este
aspecto del conocimiento las discrepancias originan los juicios y las
diferentes ideas sobre hechos idénticos. Epicuro afirma que distintas personas
pueden ver una misma cosa de distinto modo, y todavía más, en una misma persona
pueden variar en distintos tiempos las impresiones de color, de sonido, de
gusto. “Cada vida es un punto de vista sobre el universo”. Lo que una persona
ve no lo puede ver otra persona aunque ambas se ubiquen en momentos y lugares
iguales. Por este camino especulativo ni las sensaciones ni el pensamiento
darían garantías de seguridad. Tengo en mi mano una rosa. Tres videntes que me
rodean dicen que es roja. Yo la veo sin color.
Pregunto: ¿qué rojo?
¿Parecido a qué? Y los tres no logran ponerse de acuerdo. Cada uno indica
objetos diferentes que responderían a ese rojo. ¿Anormalidad visual?... Por la
noche nos pusimos de acuerdo los cuatro. La rosa no tenía color. Fue la luz la
que le dio el color…… Si la diferencia entre los demás y nosotros está en la
apreciación de los fenómenos y la dificultad estriba, por el momento, en la
imposibilidad de imponernos de inmediato de cualquier escrito, movilizarnos con
absoluta facilidad y evitar cualquier obstáculo, tú estarás conmigo al pensar
que esto es lo que nos impide tomar a la ceguera como una tragedia de horror y
de muerte. En cierto modo puede que tengan razón los que piensan que enceguecer
es morir. En efecto, muere el vidente, pero nace el ciego. Y lo importante es
que nazca normalmente, ello es, adaptándose, ambientándose, educándose para una
existencia normal que en el trastrueque de los valores le lleve a configurar un
mundo espiritual sin inhibiciones mentales. En relación a lo puramente
estético, a lo bello en sus infinitas manifestaciones conceptuales, creo que tú
y yo lo circunscribimos a lo intelectual y a lo espiritual mediante la
elaboración reflexiva del pensamiento invirtiendo, a veces, la escala de los
valores manejada por los que ven, por otra que nos lleva también al placer y al
desplacer por caminos diferentes.
Por ejemplo, ¿Cómo
llega el ciego al amor del ser a quien no ha visto jamás? Como no es
impresionado por lo visual: el color de los ojos, de la faz, de los cabellos,
la armonía de las formas, la gracia en el andar, la imagen en perspectiva, etc,
es impresionado por otros valores, quizá si más perdurables: la voz, la
dicción, las actitudes, las reacciones, las ideas, los juicios, el criterio, la
inteligencia, y ese no sé qué, que a veces llamamos simpatía y que constituye
el todo de una personalidad, la manera de ser del individuo. No somos autoridad
en la materia, pero creemos que en este
aspecto el ciego aventaja al vidente impresionado por lo visual, descuidando lo
imperecedero, lo que los años no hacen cambiar. La escultural belleza de la
juventud va perdiendo sus encantos en el devenir de los años. La simpatía, los
sentimientos, el carácter, la inteligencia, la vivacidad, la dulzura, la
fineza, la feminidad, se mantiene latentes a lo largo de una vida. Los ciegos
buscamos el complejo mujer-compañera para llegar en el transcurso al amor en
toda su esplendente consagración. Es indudable que podemos equivocarnos en lo
físico, y aquella mujer tan atractiva, tan sutil, de modales tan finos y
elegantes bien puede no ser la morena o la rubia que nos imaginamos, ni bonita
como suponíamos, ni escultural como la soñábamos, pero la imagen que de ella
nos forjamos cuando nos impresionó, se mantiene en nosotros y preferimos seguir
viéndola como la creamos. ¿Qué más da si esa imagen es nuestra y con ella nos
sentimos bien? ¿No es más valiosa esta imagen creada por nosotros, según
nuestro ideal, forjada a nuestro gusto, que la que fue recibida sin idealizar
nada? Soñadores… Tal vez. Hablé de morena y de rubia, olvidando que esos
colores en ti tienen otra representación. Pero ya que estamos en el tema, has
de saber que conservo las imágenes visuales de mi juventud, pero al recordarlas
llegan envueltas en niebla, y sólo después de un gran esfuerzo puedo
iluminarlas y más trabajo me cuesta aún el colorearlas. Todo lo veo a través de
un atardecer en brumas, como la visión corriente de los ciegos. No es el negro
profundo, es el gris oscuro de una noche sin luna y sin estrellas, con la
imagen en sombra de lo que nos rodea, siempre que lo haya conocido previamente,
incorporándose nuevas imágenes cuando el oído, el olfato o el tacto me las
traen. Por ello, mientras más amplio es el conocimiento del habitat, mayor
vivencia y mejor desplazamiento se puede lograr.
Entre los defectos
que podemos tener, siempre me ha llamado la atención un marcado espíritu de
corrección, que no detentamos con frecuencia, por cierto, y que pretendemos
exigir de los que ven. Así, por ejemplo, nos parece torpe una persona que
olvida algo cotidiano, o que no encuentra oportunamente lo que busca. Creemos
que la posesión de la vista implica perfección. Puede que esto nos haga, a
menudo, imprecar con vehemencia ante actitudes de gobernantes y burócratas que
nos parecen desidiosos en la solución de nuestros problemas, aparentemente
elementales. Esto mismo puede ser la causa de que algunas personas nos
atribuyan alejamiento, introversión, considerándonos antisociales o resentidos.
Y no es eso, precisamente, sino un leve rencor hacia un mundo que, en su
mayoría, nos mira como a seres ajenos y tememos estar a cada instante bajo la
mirada inquisidora, a veces compasiva, a veces protectora, a veces admirativa. Después
de todo, haciendo abstracción de los defectos que la ceguera puede traer
consigo, nos queda una pequeña satisfacción: tenemos la valentía de
aventurarnos en innúmeras noches armados sólo de cultura, trabajo y esperanza
que construyen, mientras que el vidente no osa aventurarse en una sola noche
sin armas que destruyen.
Fraternalmente, Un
Ciego
fuente: Rogelio Muñoz, una carta para usted